El pasado jueves 26 de marzo falleció el Dr. Hermenegildo de la Calle Blasco, referente en nuestro país en el campo de la Diabetes. El Dr. Héctor F. Escobar-Morreale le recuerda con estas bonitas palabras.
Escribo estas líneas por petición del Dr. Antorio Pérez. Le he advertido que estoy un poco sensiblón al respecto y que se me va a notar. El pasado jueves día 26 de marzo nos dejó el Dr. Hermenegildo de la Calle Blasco, nuestro queridísimo «Hermene». Conocí a Hermene al llegar como MIR de tercer año al Hospital Ramón y Cajal. Yo había hecho los años clínicos de la carrera en la Clínica Puerta de Hierro, y trabajado como MIR dos años en el Hospital de La Princesa, donde nuestros referentes eran los Catedráticos y Jefes de Servicio de la época, dotados de un ego descomunal – el cual, como luego descubrí, solía ser inversamente proporcional a sus curricula.
Debo confesar, con cierta vergüenza, que mi primera impresión de Hermene no fue nada llamativa, posiblemente porque él estaba dotado de un ego pequeñito, pero que una vez más era inversamente proporcional, en su caso a una inagotable capacidad de trabajo, conocimiento, empatía, paciencia y bondad. Pero a pesar de la mezcla de ambición, arrogancia, juventud y estupidez que nublaba mi entendimiento en mis primeros años de profesión, alguna de mis neuronas, sin duda heredadas de mis padres, pudieron darse cuenta de un hecho excepcional: los pacientes con diabetes tipo 1 tratados por Hermene no se parecían en nada a los que yo había conocido hasta la fecha.
Los pacientes que yo había conocido sufrían las devastadoras consecuencias de una, entonces, crudelísima enfermedad, en la forma de ceguera, enfermedad renal, vasculopatía y amputaciones, que truncaban sus vidas en etapas notoriamente precoces. Por el contrario, los pacientes que esperaban a Hermene eran adultos jóvenes, aparentemente sanos, con vidas plenas y aparentemente felices. Y dotados de mucha paciencia. La misma que tenía Hermene con ellos y sus problemas, y que les llevaba a esperar horas en el pasillo con tal de que fuese él, y no otra persona, quien les atendiese. Esa empatía y dedicación incansable eran la clave de todo. Para mí, Hermene fue el MAESTRO, en mayúsculas, de lo más difícil de aprender en la Medicina cuando, como era mi caso, no se trae de serie. Estoy hablando del arte de la humanidad y la empatía hacia el enfermo como persona que padece, y que merece toda nuestra comprensión y dedicación, independientemente de cualquier otra consideración.
A base de compartir las mañanas y las tardes en nuestras consultas contiguas, donde él atendía pacientes hasta casi la noche, y yo me dedicaba a mis proyectos, acabamos respetándonos y siendo buenos amigos. Siendo él un poco «progre», y yo, bastante «carca», nuestras conversaciones generalmente acababan con un punto de encuentro satisfactorio para ambos, incluyendo asuntos de ámbito político y social, y no solo profesionales y científicos.
Hermene culminó su prolífica carrera con una merecidísima Jefatura de Sección de Endocrinología y la Presidencia de la Sociedad de Endocrinología, Nutrición y Diabetes de la Comunidad de Madrid, pero casi simultáneamente a su jubilación, debutó la grave enfermedad que acabó con su vida hace una semana. A pesar de la pesada carga que le supuso, sacó tiempo para presidir la Asociación de Médicos Jubilados del Hospital hasta hace unos meses, y siguió visitando el Servicio con regularidad, participando en nuestras sesiones como ponente y como oyente con frecuencia. Siguiendo su ejemplo, su consulta monográfica de diabetes tipo 1 se ha convertido, hoy en día, en una verdadera Unidad que cuenta con cuatro facultativos – incluyendo a su sobrina, Esther de la Calle – y cuatro educadoras en diabetes, un hospital de día y, próximamente, un sistema de telemedicina y control remoto como el que él ya diseñó en los años 90 con un grupo de ingenieros de la Universidad Politécnica. Tuve la fortuna de poder rendirle un merecidísimo homenaje hace un año, a él y a su equipo de enfermería, en las jornadas multidisciplinares de diabetes tipo 1 celebradas en el Hospital, que no hacen más que seguir el camino que él nos marcó.
Descansa en paz, maestro y amigo. Tu huella, tu legado y tu recuerdo son imborrables…
Héctor F. Escobar-Morreale
Catedrático y Jefe de Servicio de Endocrinología y Nutrición
Hospital Universitario Ramón y Cajal

